“Los
males verdaderos tienen para mí poca importancia; fácilmente tomo mi partido
sobre los que sufro, pero no sobre los que temo. Mi imaginación espantada los
combina, los revuelve, los extiende y los aumenta. Su espera me martiriza cien
veces más que su presencia, y la amenza es para mí más terrible que el golpe.
En cuanto ellos llegan, su solo acaecimiento, quitándoles todo lo que tenían de
imaginario, los reduce a su justo valor. Entonces los encuentro mucho menores
de lo que me los había figurado, y aun en medio de mi sufrimiento, no dejo de
sentir algún consuelo. En tal estado, exento de todo nuevo temor y libre de la
inquietud y de la esperanza, la costumbre, por sí sola, bastará para hacerme de
día en día más soportable una situación que nada puede empeorar, y a medida que
el sentimiento se embota por la duración, ellos no tienen ya medios de
reanimarlo. He aquí el beneficio que me han hecho mis perseguidores agotando
sin medida los recursos de su animosidad […] me he resignado sin reservas, y al
resignarme hallé la paz.”
(J. J. Rousseau, Reflexiones
de un paseante solitario. Traducción de José A. Luengo. Valencia: Prometeo. p. 10-12) (ver también páginas 14 y 15)