martes, 18 de diciembre de 2012

Rousseau y la resignación


“Los males verdaderos tienen para mí poca importancia; fácilmente tomo mi partido sobre los que sufro, pero no sobre los que temo. Mi imaginación espantada los combina, los revuelve, los extiende y los aumenta. Su espera me martiriza cien veces más que su presencia, y la amenza es para mí más terrible que el golpe. En cuanto ellos llegan, su solo acaecimiento, quitándoles todo lo que tenían de imaginario, los reduce a su justo valor. Entonces los encuentro mucho menores de lo que me los había figurado, y aun en medio de mi sufrimiento, no dejo de sentir algún consuelo. En tal estado, exento de todo nuevo temor y libre de la inquietud y de la esperanza, la costumbre, por sí sola, bastará para hacerme de día en día más soportable una situación que nada puede empeorar, y a medida que el sentimiento se embota por la duración, ellos no tienen ya medios de reanimarlo. He aquí el beneficio que me han hecho mis perseguidores agotando sin medida los recursos de su animosidad […] me he resignado sin reservas, y al resignarme hallé la paz.”
(J. J. Rousseau, Reflexiones de un paseante solitario. Traducción de José A. Luengo. Valencia: Prometeo. p. 10-12) (ver también páginas 14 y 15)